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Quita el calzado de tus pies (parte 2) | eSabática

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Quita el calzado de tus pies (parte 2)

may 26, 12 Quita el calzado de tus pies (parte 2)

Hace ya algunas semanas atrás que iniciamos esta reflexión.  Prometimos que continuaríamos con ella y ahora lo estamos haciendo.  Brevemente debemos recordar que el respeto a Dios es fundamental para nuestra felicidad.  Desde la óptica del Antiguo Testamento esto podría implicar postrarse totalmente delante de Dios.  Esta actitud sería aborrecible y detestable para el filosofo moderno Friedrich Nietzche y para quienes piensan como él.

Este es un aspecto dificil de aceptar, nos parece inaceptable y para nada agradable la idea de humillarse y postrarse.  Bien nos vale recordar en este momento la experiencia de Pedro en la noche de la cena; ni siquiera cruzaba por su mente que el lavaría los pies a los demás.  No hay que perder de vista que el propósito de Dios es hacernos tan dóciles que tengamos la capacidad de servirle naturalmente.  La transformación de nuestro corazón orgulloso a uno totalmente humilde y sumiso es un proceso que desafortunadamente implica dolor.  El proceso de cambio es directamente proporcional a nuestro orgullo.  Cuanto más llenos de orgullo tantas más penurias tendremos que experimentar para alcanzar la humildad necesaria. Se puede decir que hasta resulta incomprensible; vamos por la vida experimentado circunstancias desalentadoras, desagradables u hostiles que sin que nos percatemos nos van haciendo pensar diferente.  Avanzamos alegando, tratamos de convencernos a nosotros mismos de que no se ha vulnerado nuestra estima, pero si somos humildes, interiormente reconoceremos que hay una necesidad cada vez mayor de confiar en Dios.

Aquí cabe aclarar que Dios no es un cínico, desalmado o autocomplaciente que se deleita en la sumisión ciega de sus súbditos.  Igualmente hay que evitar la actitud masoquista de un cristianismo que imagina una santidad basada en el autoflagelo y el autodesprecio.  A veces parece casi imposible marcar la diferencia entre la manera en que Dios pide nuestra humildad y estas conductas nocivas que hemos señalado.

Precisamente el verdadero motivo de esta reflexión es invitar a considerar que la falta de humildad y disposición a ser conducido por el Señor es lo que causa el desvío del pensamiento.  Con este escrito se pretende insistir en que la causa de los movimientos apóstatas o disidentes de nuestra iglesia muchas veces están fundamentados en el orgullo y en  la falta de humildad ante el Señor.  Definitivamente no es la única causa, pero en muchos casos éste es el origen del problema.

A mi modo de ver es precisamente un espíritu murmurador y una actitud insanamente inconforme lo que impulsa a tomar un actitud antagonista.  Por supuesto también debemos combatir el conformismo y la mediocridad.  Tanto daño hace el que se alza como juzgador y cuestionador indiscriminado  como el que no aspira a crecer y mejorar dentro de la iglesia.  La falta de creatividad, de actualización, de buenas intenciones convertidas en acciones benéficas es igualmente virulenta que las falsas y pretenciosas proclamas de alguien que haciendose pasar por visionario ni el mismo se da cuenta que lo mueven motivos soberbios y orgullosos.

Ya el Señor Jesús dijo claramente que al principio es dificil discriminar a nivel colectivo qué es trigo y qué es cizaña.  Es necesario esperar un tiempo, que puede a veces parecer insoportable, para distinguir claramente entre la buena y la mala hierba.  No obstante el punto aquí es promover la reflexión a nivel personal.  Me permito evocar otras palabras de nuestro Señor dichas en ocasión de su juicio; “Es necesario que vengan los escándalos, más ay de aquél por quien vienen los escándalos”.  Es decir, para este momento la reflexión es personal.  Permíteme plantearlo en forma de preguntas; ¿en tu papel como maestro de Israel, eres suficientemente humilde para visualizar los motivos del Señor?, ¿eres lo suficientemente humilde como para deponer tus habilidades argumentativas e intelectuales y reconocer que en algún momento pudieras estar equivocado?, ¿tu capacidad intelectual crece en habilidad para vencer a tus oponentes o en habilidad para necesitar cada vez más del Señor?, ¿eres capaz de quedar callado oral y mentalmente ante lo que parecen circunstancias ilógicas y poco elegantes que Dios utiliza para embellecerte?,

Creo que esto es lo que Dios quiso decirle a Moisés, y también a nosotros, cuando expresó “Quita el calzado de tus pies”.  Es lo mismo que el Señor Jesús en el Nuevo Testamento expresa como “Si no fuereis como niños no entraréis en el reino de los Cielos”. Un gran peligro que corremos al ir adueñandonos del conocimiento y al ir teniendo éxitos de la índole que sea es no ser capaces de quitar el calzado los pies en el lugar sagrado que Dios nos ha permitido pisar.

El proceso no es fácil.  Ya decíamos que cuanto más arraigado o voluminoso sea nuestro ego (más específicamente egoísmo) más dificil nos resultará llegar a tener la humildad que nos dará felicidad, pero mejor aún, la íntimidad con nuestro Dios.  Me gustaría hacer más gráfica la propuesta de que el proceso de transformación de un corazón orgulloso a uno dócil es algo muy penoso.  En el mismo Antiguo Testamento encontramos las evidencias.  Mencionaremos rápidamente el caso de algunos fieles seguidores del único Dios de todos los tiempos; Moisés tardó 40 años para abandonar su ideal de libertad y derechos humanos a fin de dar lugar al ideal de Dios, Jacob tardó más de 20 años para asimilar que el hombre verdaderamente inteligente no es el que depende de sus mañas y argumentos sino el que depende de los planes divinos, Job intelectualmente estaba seguro que su vida era ejemplar y que Dios era sumamente bueno con él pero comprendió más perfectamente la grandeza de Dios cuando pasó por esas molestas llagas en la piel.  En el Nuevo Testamento sobresale la experiencia de Saulo de Tarso; este buen hombre estaba segurísimo que sus ideas eran excelentes pero tuvo que caer de un golpe de su cabalgadura para alcanzar una mayor comprensión del carácter divino.

Estarás de acuerdo conmigo en que “quitar el calzado de tus pies” es más que un hexagrama histórico.  Nuestra vocación de ser un mensajero del Señor demanda precaución respecto a la confianza que le atribuimos a nuestros razonamientos.  Nuestras hazañas, nuestras realizaciones siempre serán una potencial fuente de arrogancia y orgullo mientras no aprendamos la humildad delante de Dios.  Si no somos sabios la abundante luz acumulada puede volvernos arrogantes y hasta atrevidos, por eso el Señor nos invita cortesmente “Quita el calzado de tus pies, porque el lugar que pisas santo es”.

 

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