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Quita el calzado de tus pies (parte 1) | eSabática

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Quita el calzado de tus pies (parte 1)

abr 15, 12 Quita el calzado de tus pies (parte 1)

Cuando a Moisés se le indicó quitarse el calzado mientras se acercaba a la zarza humeante es claro que debía entender que ante el Dios del cielo debía mostrar máximo respeto.  Algunos se sienten incómodos con este texto bíblico y sienten que está en conflicto con el Jesús del Nuevo Testamento que se acerca a los niños, que duerme en casa de sus amigos, que bebe jugo de uva en una fiesta de bodas, y que muy probablemente bromeaba con sus jóvenes discípulos.

Si Dios es el mismo hoy y siempre y por los siglos, ¿por qué aparentemente da un gran cambio entre la estricta orden a Moisés (Éxodo 3:1 al 5) y la invitación de Jesús “dejad a los niños venir a mi y no se lo impidais” (San Marcos 10:14)?  Sin embargo tal cambio entre un Dios “terrible” en el Antiguo Testamento y un Dios “amigable” en el nuevo Testamento puede ser solo aparente. Aunque esto no significa que el Dios del cielo verdaderamente sea aterrador y gobierne infundiendo miedo o no sea amigable e incapaz de intimar con la especie humana.  Debe quedarnos claro que Dios tiene principios eternos y que no es hombre para que mienta ni hijo de hombre para que se arrepienta (Números 23: 19, 1 Samuel 15:29).  Cuando parece mostrársenos dos conductas divinas diferentes más bien estamos observando los esfuerzos del Dios del cielo para hacerse entender a dos generaciones humanas marcadamente diferentes; en el antiguo testamento al pueblo de Israel que venía de la esclavitud, y en el nuevo testamento se dirige a la madura nación judía en primera instancia y luego a todo el mundo que podemos visualizar como más cultivados intelectualmente.  Los esclavos habrían tenido fuertes dificultades para comprender al Dios del nuevo testamento, de ello dan testimonio las continuas claudicaciones de aquel pueblo después de cada milagro de Dios.  Lo que no podemos negar en esta primera conclusión es que Dios el Todopoderoso merece  nuestra mayor expresión de respeto y reverencia.  Antes que la forma de expresar respeto a Dios está el motivo para hacerlo; generalmente la forma corresponde con el motivo. El Señor Jesús fue muy claro en el Nuevo Testamento cuando declaró, “Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama” (San Lucas 7:44 al 47), y antes de eso había ocurrido que una mujer pecadora, ahora redimida, ungió con perfume los pies del Señor y postrada los tallaba con sus cabellos.  Evidentemente esta es una muestra de que aunque el Señor Jesús vino a ser Uno entre los hombres también es Dios y le debemos la mejor y más selecta de nuestras expresiones de respeto.

Hay un par de ocasiones del mismo Antiguo Testamento donde el Dios Todopoderoso se acerca a sus amigos a través del Señor Jesucristo.  La primera ocasión se presenta cuando evidentemente el mismo Señor Jesús viene a  investigar la maldad en Sodoma y Gomorra pero antes pasa por la casa de Abraham (Génesis 18: 2).  El texto describe vívidamente que el Señor Jesús y los ángeles que lo acompañaban comieron y conversaron con Abraham.  En esa convivencia, el patriarca se acerca de una manera igualmente solemne, o al menos muy parecida (se postró en tierra) a como lo hizo Moisés cuando se dirigía hacia la zarza.  La otra ocasión muy ilustrativa es aquella donde Nabucodonosor reconoce al Señor Jesús entre los jóvenes hebreos que habían sido introducidos al horno de fuego.  Desde el antiguo testamento ya observamos al Señor Jesús se revelándose como el Hijo del hombre. Podemos concluir que al Padre Invisible, al que nadie ha visto jamás, no podemos acercanos porque nos destruiría con su presencia.  En cambio el Señor Jesús se hizo visible y veló su poder con nuestra humanidad para que pudieramos contemplarlo y tocarlo.  Esto tiene que ver directamente con nuestra creencia acerca de la trinidad bíblica. Estos dos pasajes del antiguo testamento no dan espacio a pensar que a Jesús podemos acercarnos como a un “cuate, camarada o amigo” (aunque algunos cristianos defienden esta idea) debido a que él también es Dios.  En las actitudes de Abraham y de los jóvenes hebreos ante el Señor Jesús encontramos evidencia de que ante Jesús también debemos descalzarnos los pies o al menos mostrar una conducta equivalente.   Aunque la Biblia no lo hace explícito podemos estar seguros de que estos personajes ofrecieron a Jesús su máximo respeto y reverencia.

Sin embargo, esta reflexión no tiene como propósito definir la forma de expresar reverencia a Dios.  En su lugar buscamos atacar el peligro de manejar la palabra de Dios con arrogancia.  En un escrito anterior se hizo énfasis en la necesidad de tener un pensamiento crítico, sin embargo esta conducta llevada al extremo también es peligrosa. Entonces, ¿cuán crítico debe ser nuestro pensamiento?, ¿qué tan exigentes debemos ser en el plano intelectual?, ¿habrá un momento en el que nuestra actitud es presuntuosa y equivalente a no quitar el calzado de nuestros pies?, ¿cuándo llega ese momento o cómo podemos detectar que estamos pisando territorio prohibido o en el que Dios ha establecido que nos descalcemos para llegar hasta su presencia? Consideremos que parte de la respuesta la podemos encontrar en la advertencia que se le da a Moisés al acercarse a la zarza que ardía sin consumirse.

Tratemos entonces de encontrar esa línea de advertencia en la que podemos elegir entre quitar el calzado de nuestros pies y adorar al Creador, o no quitarlos y recibir las consecuencias. Continuaremos esta reflexión en una segunda parte, no dejes de leerla.

 

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